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Una siesta de domingo
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Una siesta de domingo

Esta es una discusión en el tema Una siesta de domingo dentro del foro Cuentos, parte de la categoría Literatura; Esquivando a tientas los roídos muebles en la penumbra encontró el picaporte que lentamente fue doblando mientras empujaba la puerta intentando, sin éxito, evitar que rechinara. Sintió el aire enrarecido por el polvo con perfume a muchos años que despedían los viejos libros atestados en el añejo mueble que descansaba ...



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Antiguo 21-nov-2009, 00:38   #1
Forero junior


Predeterminado Una siesta de domingo


Esquivando a tientas los roídos muebles en la penumbra encontró el picaporte que lentamente fue doblando mientras empujaba la puerta intentando, sin éxito, evitar que rechinara.
Sintió el aire enrarecido por el polvo con perfume a muchos años que despedían los viejos libros atestados en el añejo mueble que descansaba en la única pared carente de cuadros de esa habitación.
Tras de sí cerró la puerta. La oscuridad hubiera sido total si no fuera por la lumbre que acariciaba con tenues fulgores las sucias cortinas grises, que en algún tiempo fueron blancas, pero al igual que él, fueron perdiendo el color merced de la tiranía del tiempo.
Ubicó mentalmente la silla del rincón si se dirigió a ella con el paso lento de quien ya no tiene nada que contar más que los dolores de espalda que lo asaltan cuando sube las escaleras. A la misma vez que soltaba un seco y áspero suspiro se dejó caer sobre los cojines verde esmeralda del asiento y contempló unos segundos las huesudas rodillas que se dibujaban en su maltrecho pantalón a rayas.
Levantó la vista y observó un largo tiempo el ventanal cubierto con ese velo gris. Imaginó como sería el jardín del otro lado, el sol abrasador de una siesta de domingo, las rosas prolijamente aglomeradas en el cantero central haciendo maravilloso contraste con el universo verde que se extendía a sus pies, los pinos del fondo acariciando el horizonte con sus cúspides, las amapolas perfumando los picos de los colibríes que las abordaban con la gracia y la cautela del más fino de los bailes y el rítmico sonido de los aspersores a contratiempo de la percusión de las gotas de agua chocando contra la tierra.
Abrir las cortinas y contemplar esa imagen sería sublime, si no fuera por el sabor a derrota de tantos años que unos minutos de belleza no pueden combatir, por toda una vida haciéndose preguntas sin hallar una respuesta. Más tiempo del que se puede recordar teniendo a la soledad como única interlocutora y compañía, vagando por el antiguo caserón infestado de los oscuros y silenciosos fantasmas de la nostalgia.
Metió lentamente una mano en su bolsillo mientras la otra hacía de sostén de su cabeza afirmada en el apoyabrazos y sacó una cajita metálica con un escudo impreso opacado por el óxido, de ella extrajo un cigarrillo y arrojó la caja vacía al suelo. Encendió el tabaco con una fuerte bocanada que amainaba al ritmo del cierre de sus ojos, se reclinó un poco y comenzó a imaginar. Pero no era este un simple pensamiento, sino una ficción disfrazada de recuerdo.
Recordó, más bien invento, una juventud placentera, corridas por los patios del colegio, salidas de bares con amigos, encuentros furtivos con mujerzuelas y hasta elaboró mentalmente la imagen de una joven que hubiera sido el amor de su vida. La imaginó con un vestido azul haciendo juego con sus ojos, una dorada cabellera que le surcándole la espalda y una sonrisa pronunciada y abrumadora. Era tan real que sentado extendió su mano, aún con los ojos cerrados, y sintió que casi podía tocarla.
Imaginó también los años trascurridos con aquella hermosa dama, el día que se conocieron, el primer beso, las maravillosas noches lejos de la ciudad contemplando el vasto cielo y hasta se vio de cara al altar a su lado.
La ficticia nostalgia lo trasladó a una casa con niños jugando en el salón, vacaciones familiares, fiestas de navidad con la mesa rebosante de comida y cariño. Era tan real.
Una sonrisa comenzaba a dibujarse en sus labios cuando abrió los ojos y el abrupto retorno al mundo real lo golpeó con la violencia de un azote. Le vista se le nubló a causa de las lágrimas y se levantó de un salto como si aquella silla se le calvara en la espalda.
Haciendo caso omiso a los dolores de la vejez, se dirigió a paso fuerte y decido hasta la biblioteca. Cuando se encontraba frente a aquellos libros metió su mano entre dos de ellos y luego de un instante de buscar a tientas, sus dedos percibieron el frío metal del gastado y arcaico revolver que su padre ganara en una mano de poker hace más tiempo del que es posible recordar.
Sollozando tomó el arma y lo acercó a la tenue luz, abrió el tambor para dejar en evidencia que le quedaba una sola munición. Lo contempló unos segundos antes de cargarlo.
Lentamente y con la mano temblorosa lo dirigió a su sien mientras repasaba las preguntas y reproches que le haría a Dios, si en realidad este existía. No estaba asustado, fuera lo que fuera la muerte no podía ser peor que la vida.
Le dio un último vistazo a la habitación que parecía estar guardando luto por anticipado y cerró sus ojos. Su dedo índice comenzó la presión que iba poner fin al tormento cuando de repente miró hacia la ventana. Con el arma aún apoyada en su cabeza abrió las cortinas pensando que si habría de morir, lo último que quería ver era el jardín una siesta de domingo.


Damocles





Damocles está desconectado  
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Antiguo 21-nov-2009, 13:39   #2
Moderador Global
Predeterminado

cómo siempre Damocles tus escritos son preciosos, cargados de sentimiento... Gracias!
romy está desconectado  
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Respuesta

Etiquetas
domingo, siesta

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