A mediados del siglo XVI, las escuelas platónicas y aristotélicas que habían tenido un protagonismo indiscutible en el pensamiento occidental, comienzan a ser desplazadas tras el redescubrimiento de las filosofías presocráticas, en partircular el matematicismo de Pitágoras y el atomism de Demócrito. Estos saberes, que operaron como supuestos de la Revolución Científica, trajeron como consecuencia el abandono del esencialismo metodológico, sustituyéndolo por el mecanicismo. Una notable transformación de la filosofía, estaba en marcha. El tema central del período se centra en la pregunta qué y cómo es posible el conocimiento. Las respuestas a este interrogante derivaron en posiciones antagónicas en la que racionalistas y metafísicos perdieron la partida: el enorme prestigio de la obra de Newton (que independizó a la física de la metafísica), contribuyó a que fueran las tesis empiristas las que finalmente se impusieron. Aunque más tarde, la problemática gnoseológica se enriquecería con los matices que supo argumentar Kant el filósofo más destacado del siglo XVIII.

El Racionalismo


El racionalismo representó la oposición categórica al pensamiento escolástico. Descartes es ante todo un filósofo clásico y su ideal es el orden y la medida. Su objetivo será renovar la ciencia y unificarla. Sin embargo, abrió un abismo entre el hombre y el mundo. El racionalismo fue así también el disparador su contramovimiento: el empirismo.

El Empirismo


Bacón señalará que los empíricos, tal como si fuesen hormigas, no hacian otra cosa que amontonar y usuar. Por el contrario, los racionalistas, como arañas, tejerían telas fabricadas por sí mismos. En efecto, el empirismo in glés se caracterizará por conceder a la experiencia el origen del conocimiento (lo cual los acerca a Aristóteles e incluso a los mismos escolásticos). Pero también, el empirismo reconocerá un límite que sentenciará a la metafísica, como una entidad incognoscible.